LA FÓRMULA PREFERIDA DEL PROFESOR

LA FÓRMULA PREFERIDA DEL PROFESOR

El profesor es un señor de setenta años cuyos únicos recuerdos fiables son los números. Hace muchos años, tuvo un accidente de tráfico que le cambió la vida:

«Recuerda teoremas y fórmulas matemáticas que él mismo descubrió pero no es capaz de recordar lo que cenó anoche. Para entendernos, es como si en su cabeza solo pudiera ponerse una cinta de vídeo de ochenta minutos. De tal manera que si graba encima de esa cinta, lo recuerdos anteriores grabados hasta entonces van desapareciendo.»

Es un señor menudo que siempre viste con traje de chaqueta, pese a que apenas sale a la calle. Cuando deambula por la casa o simplemente se acomoda en el sillón de su despacho, el sinfín de notas que penden de su ropa emiten un curioso frus-frus al rozar con la tela. Algunas de esas notas están amarilleadas y sus imperdibles, oxidados; como aquella que reza: «Mi memoria sólo dura ochenta minutos». Otras son nuevas, como la que recoge la información básica de su nueva asistenta, un trozo de papel que ayuda al profesor a recordar que cada día viene a casa una mujer para ayudarle con la limpieza y las comidas y, además, que esa mujer tiene un hijo al que ha apodado Root, como el símbolo de la raíz cuadrada.

La mujer y su hijo sienten que le conocen, cada día, un poquito más. El profesor, en cambio, abre la puerta de su casa jornada tras jornada para ver, en una sucesión de primeras veces, a dos personas que se cuelan mágicamente en su extraño mundo matemático, un microcosmos al que acude el olvido cada ochenta minutos exactos para borrarlo todo… O casi todo. Siempre permanecen los números.

«Cuando iba a la compra procuraba estar de vuelta en una hora y veinte minutos. El temporizador de memoria que tenía en su cerebro era, como correspondía a un buen matemático, más preciso que un reloj. Yo solía salir del vestíbulo diciendo “hasta luego”, y si volvía al cabo de una hora y dieciocho minutos me recibía diciéndome: “Ah, estás aquí. Gracias por el esfuerzo”. Sin embargo, si tardaba una hora y veintidós minutos sus primeras palabras eran: “¿Qué número de pie calza?”»

Yoko Ogawa, la autora de esta impresionante novela, me ha atrapado con una historia escrita en primera persona que narra una bonita relación de amistad en la que las matemáticas y sus números juegan un papel muy especial. Por supuesto, no voy a meterme en más detalles porque no quiero romper el hechizo de la obra para quien decida zambullirse en sus páginas. Lo único que añadiré es que La fórmula preferida del profesor es una novela llena de episodios entrañables, muy bien escrita (y muy bien traducida) y capaz de despertar el amor por las matemáticas en cualquiera.

«¿Puede cualquier investigador de matemáticas enseñar con tanta pericia la aritmética de la escuela primaria?; ¿o es que el profesor tenía una facultad especial? Explicaba las fracciones, las proporciones o los volúmenes en metros cúbicos de una manera maravillosa. Llegué incluso a pensar que cualquier adulto que tuviera que supervisar los deberes de un niño debería enseñar de aquella manera.»

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Mi más sincera enhorabuena a la Editorial Funambulista por el mimo con el que trata sus publicaciones, desde la elección de los autores hasta el formato de las ediciones.

Puedes leer la sinopsis y todo lo que necesites sobre esta novela pinchando en la imagen que hay bajo estas líneas:

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